Nada cambia todavía. Nunca lo ha hecho. Quizá sea el momento de aceptar mi corrupción. El humano se corrompe.
Yo soy el ultimo que sigue caminando, el último ilegítimo. El que sigue después de mi es innombrable, el anterior a mi es legitimo pero también es el último. Atrás del último está otro como yo, que camina, ambos sabemos de nosotros pero nunca hemos confirmado nuestra existencia. Yo el ultimo ilegitimo y él el primero. Atrás del que se su existencia, está el que es principio. Él, Ghoenegas, solo se ha mencionado como un eco seco en el horizonte sin rumbo.
Imagino que alguna vez conocí algo diferente a este limbo, no se si mis recuerdos o mis sueños permanezcan aislados en algún rincón obscuro de mi ser.
Paso en seco y me encuentro un muro. Tengo la ligera impresión de haberlo visto antes. En otros tiempos me hubiera preocupado escalarlo, quizá hubiera encontrado algún motivo. Los motivos son importantes cuando uno vive. Pero yo ya no se si vivo. Si vivo, también carece de importancia el muro, no tengo la capacidad para subir, no hay como y ha dejado de ser trascendente para mi.
Al dar el primer paso me doy cuenta de un pequeño riachuelo, es escaso, y aparenta tener un afluente denso en su interior, porque al caer, en el piso, cae en un hueco el cual pareciera no tener fondo. Hubiera acercado mi oído para quizás recordar el sonido de algo escurrir, pero ha pasado tanto tempo, que creo que eso también carece de importancia. Al final, solo consigo darme cuenta de que he perdido tiempo contemplando algo que no se si exista o solo sea parte de mi esquizofrenia.
Pues así pasa el tiempo, e ignoro las dimensiones. Ahora no tengo la capacidad para poder dimensionar el tiempo. Ya no se si en lo que pienso una palabra, pasa un día, pasa un año. Las estaciones y todo aquel mito adyacente en mi cabeza solo terminan como un soplo de nostalgia. Pudo haber pasado nada, pudo ser que este tiempo sea realmente algo que no cambia, como la oscuridad, mi camino, el muro y el ligero riachuelo. Y si ese tiempo no existe, sigo en el mismo lugar, porque no me veo, no tengo la capacidad para siquiera saber si existo. Todo yo pienso que camino, pienso que puedo mover las piernas. Mis brazos no los puedo localizar. No se si alguna vez los tuve, tampoco se si tuve oídos, u ojos. No escucho, no veo, no siento. Si percibo algo es por mera intuición. Quizás tenga los ojos cerrados, o no tenga ojos.
Ese es el juego de un ilegítimo. Eso es todo lo que recuerdo. Los ilegítimos somos para el todo, la parte de lo inexistente. Somos el chivo expiatorio, el que tiene que sufrir por el legítimo. Los cinco mantenemos lo que existe como tal, tiene que haber ese balance en la existencia, porque si cada uno no hiciera lo que le corresponde, el equilibrio se iría poco a poco hacia un desorden infinito.
A decir verdad no se si sea yo alguno de los cinco. No puedo ni oír el latido de mi corazón, si es que tengo. Creo que alguna vez sentí dolor, pero esa sensación se desvanece cuando es permanente. Todos podemos soportarlo. La violencia también se desvanece, como todos los miedos. Quizá cuando mi mente acumulo todos estos recuerdos deje de tener miedo. Ahora la violencia se ha acoplado a mí, se ha incorporado en cada poro de mi cuerpo y me he hecho invulnerable e imperceptible a ella. Sufrimiento, ese solo fue un fantasma, quizás nunca ha existido, como yo, que no tengo la certeza de existir....

No hay comentarios:
Publicar un comentario