La vana oscuridad. La bella y completa demencia de lo que nunca es comprensible. Hay cierta tranquilidad en la oscuridad. Es una serenidad en la que sabes que estas tranquilo porque no hay algo que pueda dañarte. Tú eres tu propio agresor y defensor. Todo lo que puede hacerte daño esta en ti. Finalmente no hay algo afuera como no lo hay adentro. Sólo tú y tu soledad. No necesitas nada más.
La tranquilidad existe porque es una visión de la muerte, al estar en ese lugar oscuro ya no hay más que ver. Además de eso, si no hay ruido te da la certeza de que el único sonido que puedes hacer lo haces tú; si dejas de percibir aromas y sabores, te das cuenta de que el lugar es estéril y confirmas con ello la incapacidad de daño. Al final, si dejas de sentir, te ubicas en el plano de la seguridad absoluta. Lo solemne te invade y te expandes lo que quieras y como quieras. En ese momento eres tú el todo y no hay otra cosa que hacer más que dejar de percibir. Cuando lo haces, comienzas un camino en esta oquedad. Y al principio sabes que hay dos caminos. Uno, el que no elegí e ignoro a donde vaya, y el otro, el de los miedos. Nunca debí de haberme dirigido al muro.
Alguna vez, antes de internarme en este lugar, sentí. Esa seguridad me la da el estar sumergido en el líquido insaboro y confortable en el que estoy; recuerdo el vientre materno por que me da la impresión de que estuve allí. Ahora han sido los instintos los que me han dominado. En otros tiempos, me hubiera preocupado por respirar... pero sigo refutando mi existencia, todavía lo suficiente como para mantenerme flotando aquí una eternidad mas. Las otras eternidades me las pase en un vagando en mis miedos y odios. Y la oscuridad era negra porque para mi era un luto, una seriedad absoluta, una carencia de valores, la carencia. Camine y escalé, los cayos de mis manos que puedo sentir me lo dicen.
Sigo sin ver. Solo que ahora el negro se ha vuelto verde, un verde pardo, un verde confortable que me alienta a seguir aquí por siempre, abstraído en la nada. Me reconforta mas porque se que no necesito nada, y porque se que el tiempo lo defino yo. Ahora mi alma, aunque seca y cansada, descansa de un viaje.
Todos mis poros, todas mis células me afirman mi existencia. Yo sigo cuestionándola porque se muy en el fondo que el instinto se conforma en su máxima complejidad de pasiones humanas, y se que esta sensación es una pasión. Lo que no me importa es definirla o detenerla, es innecesario por lo confortable que es.
El tiempo sigue siendo irrelevante, las explicaciones de lo que hace mi cuerpo no importan, ya que el fue quien pidió esto. La muerte nunca me ha asustado, y si respire en el vientre materno se que lo puedo estar haciendo aquí si lo necesito. ¿Importa entonces? No.
Mis miedos carecen de importancia desde que tome la dedición de sumergirme en ellos. La inercia de mi inmersión no es la sumisión de mis anhelos, ni la demencia de mi cuerpo. Quizá una acción desesperada que me llevo al nuevo limbo, este limbo que ha durado para mi lo que tenga que durar, este lugar verde que me remueve la conciencia en todo sentido y que me demuestra la capacidad de borrar lo mas mierda de mi pasado, de mi eterno pasado en el camino que seguía a un lugar incierto. Creo que no seguía nada. Ahora solo recuerdo el vientre materno, mi disyunción por los miedos, la pared, el hueco y este espacio verde interminable, confortable y opaco sin fin...

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